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Convivencias en los pueblos de la Sierra de Cádiz

Las Hermanas de la comunidad de Arcos de la Frontera (Cádiz) han finalizado el curso pastoral en las parroquias de Arcos, Algar y Bornos, con unas convivencias en las que han participado los niños y niñas de la catequesis de primera comunión y post comunión.

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Reflexiones mes de mayo día 31

Día 31 María, madre para siempre María que conservaba todas las palabras y gestos de Jesús en su corazón tenía bien presente el último encargo de su Hijo en la Cruz «Ahí tienes a tu(s) hijo(s)». Los discípulos conocían también esa última voluntad de su maestro. Y desde esta conciencia común, María ocupaba su lugar en el grupo, miembro de la comunidad como Madre. Así ejerce este ministe­rio único en una triple dimensión: como Animadora de la plegaria. María en estos momentos es el eco más limpio de las palabras de Jesús, la que las recordaba con mayor lucidez. «Sin Mí no podéis hacer nada... Os enviaré el Espíritu Santo». Ella era la única que había tenido esta experiencia excepcio­nal del Espíritu en Nazaret; los discípulos no sabían qué era eso, lo entenderían después. La presencia de María en nuestras comunidades nos recuerda constantemente la necesaria actitud contemplativa, oyente, acogedora del Espíritu. Como Animadora de la comunidad. Se trata de la consolida­ción de la conciencia de hijos de un mismo Padre, que habían descubierto por la Resurrección. Una madre es elemento fundamental en la formación de su hijo. Así María ejerce su ministerio en nuestras comunidades. Como Animadora de la esperanza. Seguramente los discípu­los estarían rodeados de dudas e interrogantes ante el futuro. «Id por todo el mundo...» y miedos y dudas. Posiblemente María les contaría que también ella tuvo que preguntarle al ángel «¿Cómo será eso?» María es la única persona de las que están en el Cenáculo que tiene experiencia directa de la presencia y de la fuerza del Espíritu Santo. Ella, en Nazaret experimentó que una nueva vida nacía en su seno por obra del Espíritu. Después oyó hablar a su Hijo del Espíritu y según dice el Evangelio, iba escuchan­do, revolviendo en su corazón todas las palabras y gestos de su hijo y en la oscuridad iba compren­diendo. Jesús les había prometido a sus discípulos una segunda venida del Espíritu; sólo María podía vislumbrar algo sin saber nada concreto. En el Cenáculo ella reúne, anima y acompaña a los discípulos. Desde el día de Pentecostés María se convirtió en Madre de una multitud inmensa de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas y adquirió una ciudadanía planetaria, para decir a sus hijos que éstas, antes o después están destinadas a desaparecer, porque la cruz representa la última línea de demarcación entre el cielo y la tierra, la frontera suprema, a través de la cual la historia humana entra en la divina y se convierte en la única historia de salvación. Por ella el Espíritu del Resucitado se comunicó a la comuni­dad. En la anunciación-visitación la venida del Espíritu engendra una mujer misionera, apóstol. Disponerse, acoger, salir. En Pentecostés, María preside la comunidad, el Espíritu trans­forma al grupo. Sale a la calle a proclamar a Jesús resucita­do, como en su Visitación. Enseña a orar orando, enseña a amar sirviendo. No hay palabras ni consejos, hay hechos. Acude a su prima Isabel por propia necesidad, está atenta a las necesi­dades de los novios en Caná; está silenciosa al pie de la cruz. Amor servi­cial, atento, silencioso, sin límites. Enseña a creer creyen­do.

Dios te salve María… Oración: ¡Oh María Madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a aceptar la voluntad de Dios en la dura realidad del Calvario. Te pedimos por los que sufren, dales consuelo y esperanza, a los oprimidos fuerza y valor, a los marginados ansias de supera­ción, a los que no tienen paz que encuentren el sosiego necesa­rio para vivir dignamente y a nosotros ayúdanos siempre a superar nuestro dolor! Amén.

31º María Madre para siempre opt

Reflexiones mes de mayo día 30

Día 30 Todos perseveraban unidos en la oración con María la Madre de Jesús (Hch. 1, 14) La virgen de Nazaret no tuvo la vida fácil; la intensidad de su fe fue poco a poco desvelando las razones y el signo de su materni­dad proyectada continuamente sobre la hora del Calvario en corres­pondencia con las actuaciones y momentos de la vida de su Hijo. El último recuerdo de María queda recogido en los Hechos de los Apóstoles. María junto a los discípulos de Jesús se dedica a la oración y se prepara, para acoger en comunidad al Espíritu de Dios. Participa en la vida de los primeros cristia­nos. Es una vida alejada de la historia de los poderosos. Su tarea principal fue ser madre, educando a Jesús en el respeto y libertad y a madurar en el amor. Ella misma se convertirá en discípula de Jesús: le busca y le sigue, aprende de él y se deja enseñar por él. Es testigo de que Dios ha hecho en ella obras grandes. Precisamente porque no tuvo nada, no hizo nada importante, sólo dejó que Dios actuase en ella. El discípulo escucha al maestro, lo contempla como actúa y se comporta, lo imita obedeciéndole, sigue sus pasos, perseve­ra fielmente al lado del maestro. Se establece una relación personal profunda. Contemplando la relación de María con su Hijo observa­mos un proceso maravilloso. Comienza por ser ella, la Madre del Jesús de Nazaret se va convirtiendo lentamen­te en discípula por su Hijo, para terminar siendo la Madre del resucitado y de toda la Iglesia. Somos peregrinos de la fe. Vamos buscando a Dios y sólo lo encontraremos si cerramos nuestros ojos y nos dejamos guiar por la mano de María: puerta de Dios, faro en el mar, llena de Dios, santa María... Ella que no conoció la caída, nos ayuda a mantener nuestros pasos firmes. María levanta su antorcha de la fe para alumbrar al pueblo caminante, peregrino y vacilante. Ella da seguridad a sus pasos. María causa de nuestra alegría. María es invocada como fuente de salvación, de miseri­cordia y de gracia.

Dios te salva María… Oración: ¡Oh María Madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a aceptar la voluntad de Dios en nuestro caminar. Tú estás sobre las cumbres del Antiguo y Nuevo Testamento. Tú eres el horizonte que une los últimos rastros de la noche con los albores del día. Tú eres la aurora que precede al Sol de justicia. Tú eres la estrella de la mañana. Ayúdanos a construir la Iglesia en la que todos nos demos la mano como hermanos. Toda la Iglesia con fe eleva un clamor y tiene puestos los ojos en ti, Madre de Dios! Amén.

30º Todos perseveraban en la oración opt

Desayuno fraterno en Chitré

Cada año la Fraternidad laical San Agustín de Chitré, organiza un desayuno fraterno para apoyar a las vocaciones sacerdotales, este año el tema de fondo fue el proceso de beatificación de los Siervos de Dios P. Moisés Gonzáles, osa., que murió cuando iba a celebrar la Eucaristía y de Anita Moreno, laica que dedicó su vida a los enfermos en casa y hospitales de la región.

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Reflexiones mes de mayo día 29

Día 29 María espera la venida del Espíritu Santo Las discípulas también le siguieron en su peregrinar apostólico, aunque de ellas no dice nada la Escritura. Los evange­lios no nos relatan ninguna aparición específi­ca del Resucitado a su Madre. La que nunca dudó de la palabra de su Hijo, no era necesario que se la confirmara en la fe. No necesitaba María que se le apareciera Jesús, porque ella es la única que estuvo presente en su Resu­rrección. Los teólogos dicen que este acontecimiento no lo contempló ningún ojo humano, que tuvo lugar en las profundi­dades insondables del misterio y que no hubo ningún testigo de su verifica­ción histórica. Pero hay una excepción: María fue la única que pudo estar presente en esta peripecia suprema de la historia. Como fue la única que estuvo presente en el momento de la Encarnación del Verbo. Como fue la única que estuvo presente cuando salió del vientre virginal de carne. Del mismo modo pudo ser la única que estaba presente, cuando salió del vientre virginal de piedra, del sepulcro, «en el que todavía no había sido puesto nadie». Los demás fueron testigos del Resuci­tado, Ella lo fue de la Resurrección. Parece improbable que María no fuera una de las mujeres que de madrugada fueran al sepulcro. Resulta difícil imaginar que otras mujeres fueran y ella se quedara en casa. Parece lógico pensar que ella fue junto con las otras, la primera en experi­men­tar la nueva presencia del Resucitado. Entre el asombro y la alegría se cumple lo que había experi­mentado en el silencio de Nazaret «Hijo del Altísimo, su reino no tendrá fin, engrandece mi alma al Señor... La noticia hace saltar de alegría. Comuni­can la resurrección a los discípu­los «A mis herma­nos» es equivalente en María «a mis hijos», a decirles que todo es nuevo. María que contempla, María que transmi­te, María que reúne a su nueva familia, María que anima a sus nuevos hijos. María la mujer sencilla, pero con un corazón desbordante fue preservada del pecado. Desde la eternidad María fue amada, pensada y predestinada a ser un receptáculo perfecto para el Espíritu Santo. Por eso ella es desde siempre la Inmacu­lada Concepción. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, cuando el Padre decidió que había llegado el momento de enviar al Hijo y al Espíritu, nació María y en toda la historia ocupa un lugar central. María es llamada la nueva Eva, renovada por el espíritu de su hijo, mujer feliz al servicio de Dios, frente a la desgracia de Eva, víctima de su ambición «como dioses» abre un camino de felicidad a Dios con todas sus consecuencias. Mujer dócil a la voz del Espíritu, frente a la desobedien­cia de Eva de no respetar la palabra de Dios en el Edén, mujer atenta a la escucha de la palabra.  Mujer fuerte en la tribulación, frente a la debilidad de Eva de seguir los reclamos de la tentación, no se rinde ante la oscuridad de la fe, ante el rechazo del pueblo, ante el abandono de los discípulos, ante el sufrimiento de su Hijo, ante el fracaso de la cruz.  Mujer fiel hasta el final, frente a la infidelidad de Eva. Dos árboles: el del paraíso y la cruz; y dos mujeres: Eva y María, cara y cruz, luz y sombra de lo que es la felicidad. Después de la muerte de Jesús, los discípulos decepciona­dos y tristes vuelven a su lugar de origen, a su familia y a su trabajo. Pero María es la encargada de reunirlos otra vez para recibir juntos la promesa del Padre. En Pentecostés persevera en la oración implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia iba a comenzar su misión de anuncio y testimonio de Cristo, cuando con la plenitud del Espíritu Santo recibido emprendería oficial y públicamente ante el mundo, su marcha evangelizadora entre las gentes, María oraba. Tampoco después de la ascensión María abandona la obra de su Hijo. Con igual estilo de «mujer» ayuda y compañera del hombre, con que asiste al nacimiento y muerte de Jesús, ruega ahora en cuanto madre e intercede maternalmente por la Iglesia de Pentecostés que iniciaba su historia. En el Cenáculo descubrimos el naci­miento de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también por la fuerza del Espíritu Santo. En Nazaret y en el Cenáculo la misma postura de María, descrita en el Evangelio, esperando, acogien­do en actitud de oración. Con María, cumplido el plazo de la promesa se inauguran los tiempos nuevos de la salvación, siendo elegida desde siempre para que de ella y por ella, llevase a cabo Dios la obra maestra y principal de todas: la Encarnación de su Hijo y para ello era preciso que estuviera totalmente poseída por la gracia de Dios.

Dios te salve María…

29º María en el Cenáculo con los apóstoles  esperando al Espiritu opt

Reflexiones mes de mayo día 28

Día 28º Santa María del Cenáculo Contemplando a María de Nazaret descubrimos la Encarnación del Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu Santo en el seno de la Virgen; contemplándola en el Cenáculo, descubrimos el nacimiento de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también por la fuerza del Espíritu Santo. En Nazaret y en el Cenáculo la misma postura de María, descrita en el Evangelio que hemos escuchado: esperando, acogiendo en actitud de oración. María, que conservaba todas las palabras y gestos de Jesús en su corazón, tenía bien presente el último encargo de su Hijo en la Cruz: "Ahí tienes a tu(s) hijo(s)". Los discípulos conocían también esa "última voluntad" de su Amigo, Maestro y Señor. Y desde esta conciencia común María ocupaba "su" lugar en el grupo: miembro de la Comunidad como Madre. Así ejerce este ministerio único en una triple dimensión: animadora de la plegaria: María, en estos momentos, es el eco más limpio de las palabras de Jesús; la que las recordaba con mayor lucidez. "Sin Mí no podéis hacer nada... Os enviaré el Espíritu Santo". Ella era la única que había tenido esta experiencia excepcional del Espíritu en Nazaret; los discípulos no sabían qué era eso; lo entenderían después. La presencia de María en nuestras comunidades nos recuerda constantemente la necesaria actitud contemplativa, oyente, acogedora del Espíritu. No sólo como discípulos, sino como grupo de Jesús. animadora de la comunión: Se trata de la consolidación de la conciencia de Hijos de un mismo Padre que habían descubierto por la Resurrección. Una madre es elemento fundamental en la formación de la conciencia de su hijo. Así María ejerce su ministerio en nuestras comunidades. Su memoria, presente en los evangelios, forma realmente nuestra conciencia, nuestra manera de ser. animadora de la esperanza: seguramente los discípulos estarían rodeados de dudas e interrogantes ante el futuro. "Id por todo el mundo..." y miedos y dudas. Posiblemente María les contaría que también Ella tuvo que preguntarle al ángel:"¿Cómo será eso?". El relato de su confianza en el Espíritu era fuente de esperanza para los discípulos. María es la única persona de las que están en el Cenáculo que tiene experiencia directa de la presencia y de la fuerza del Espíritu Santo. Ella, en Nazaret, experimentó que una nueva vida nacía en su seno por obra del Espíritu. Después oyó hablar a su Hijo del Espíritu, y, según nos dice el Evangelio, iba escuchando, revolviendo en su corazón todas las palabras y gestos de su Hijo, y en la oscuridad iba comprendiendo. Jesús, les había prometido a sus discípulos una segunda venida del Espíritu; sólo María podía vislumbrar algo sin saber nada concreto. Para María, por tanto, venida del Espíritu, sugería nueva vida y nuevo nacimiento. Significaba espera activa, corazón abierto y atento, disponibilidad de espíritu. El seno de María fue el primer cenáculo donde se posó el Espíritu. Y la transformó. Desde estas categorías podemos deducir que para la Virgen, la venida del Espíritu sugería tres actitudes: acogida: Porque tanto en Nazaret como en el Cenáculo resalta la gratuidad del Don del Espíritu de Dios; no hay mérito humano alguno. Ante lo gratuito no hay derechos; sólo acogida y gratitud. Es la actitud de la oración verdadera. Poco tiempo antes, en la misma sala, todos habían sido testigos de otro gesto que no comprenderían en toda su dimensión hasta el día de Pentecostés: la institución de la Eucaristía. Por ella el Espíritu del Resucitado se comunicaría a la comunidad. transformación: en Nazaret ella fue transformada en Madre; ahora un grupo será transformado en comunidad, en cuerpo místico del mismo Señor. Y de la misma manera que el Espíritu dinamizó el crecimiento del niño Jesús en el seno de María, ahora el Espíritu se convierte en el principio vital de la comunidad. Misión: Y de la misma manera que el seno no es el término del niño, sino el ámbito desde donde se entra al mundo, así también en el Cenáculo se recibe la misión de salir a anunciar a todos que una nueva vida ha entrado en la esfera de la humanidad. Oración, comunión y misión vienen, por lo tanto, a condensar la experiencia del Cenáculo que nosotros, venerando también en cada Eucaristía, la presencia de María, podemos experimentar, si, como ellos, con espíritu de unidad, acogemos el Don del Espíritu. Dios te salve, María…

28º María en la Resurrección opt

Reflexiones mes de mayo día 27

Día 27º María en la Resurrección del Señor Los evangelios no nos relatan ninguna aparición específica del Resucitado a su Madre; quizás la explicación sea que no fuere necesario. La que nunca dudó de la palabra de su Hijo, no era necesario que se la confirmara en la fe. Con todo, humanamente parece improbable que María no fuera una de las mujeres que "de madrugada fueran al sepulcro". Me resulta difícil imaginar que otras mujeres fueran y ella, amiga suya, se quedara en casa. Por tanto, me parece lógico pensar que ella fue, junto con las otras, la primera en experimentar la nueva presencia del Resucitado. Así podemos penetrar en su experiencia. Entre el asombro y la alegría. Es un estado de ánimo que expresa lo inefable. Comprensión del misterio de Cristo. Referencia a la Anunciación. Se cumple lo que había experimentado hace unos treinta años en el silencio de Nazaret. "Hijo del Altísimo, su reino no tendrá fin, engrandece mi alma al Señor... hay motivos para esperanza de los pobres... la historia ha encontrado su cauce definitivo... Proclamar -noticia que hace saltar de alegría- la Resurrección a los discípulos. "A mis hermanos" es equivalente en María "a mis hijos". Ha decirles que ha empezado "todo es nuevo". María que contempla, María que transmite, María que reúne a su nueva familia, María que anima a su nuevos hijos. El que transformó el agua en vino, el que multi­plicó los panes, el que convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, ahora va a transformar un discípulo en hermano, en hijo de su misma madre, y va a transformar a una mujer, su Madre, en madre de todos sus discípulos.

Dios te salve, María… Oración:¡María Madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a aceptar la voluntad de Dios en nuestro caminar. Tú estás sobre las cumbres del Antiguo y Nuevo Testamento. Tú eres el horizonte que une los últimos rastros de la noche con los albores del día. Tú eres la aurora que precede al Sol de justicia. Tú eres la estrella de la mañana. Ayúdanos a construir la Iglesia en la que todos nos demos la mano como hermanos. Toda la Iglesia con fe eleva un clamor y tiene puestos los ojos en ti, Madre de Dios! Amén.

27º María espera la resurrección de su Hijo opt

Reflexiones mes de mayo día 26

Día 26º Junto a la cruz estaba su madre (Jn 19, 25-27) Si los personajes del evangelio hubieran tenido un cuentakilómetros incorporado, probablemente ocuparía María el primer puesto en la lista de los caminantes. Como Jesús, (el camino) no figura en esa lista, el líder de las peregri­naciones evangélicas es indiscutiblemente María. Viaje de ida y vuelta desde Nazaret hacia la montaña de Judá para estar con su prima. Viaje hasta Belén. Desde aquí, a Jerusalén para la presentación en el Templo. Expatriación clandestina a Egipto. Retorno cauto a Judea, con permiso de entrada facilitado por el ángel del Señor. Y de nuevo a Nazaret. Peregrina­ción a Jerusa­lén con un descuento por ir en comitiva y recorrido doble con excursión por la ciudad en busca de Jesús. Entre el gentío buscándolo en sus recorridos por las aldeas de Galilea, tal vez acariciando la idea de hacerle volver a casa. Finalmente por los senderos del Calvario, al pie de la cruz, donde más que la petrifica­ción del dolor por una carrera fallida, expresa la inmovilidad estatuaria de quien espera en el podio el premio de la victoria. Siempre en camino, además en subida. Desde que se dirigió presurosa a la montaña hasta el día del Gólgota, o mejor hasta el crepúsculo de la ascensión, cuando ella y los apóstoles, «subieron a la estancia de arriba» para esperar al Espíritu, sus pasos tienen siempre la cadencia del afán de las alturas. Eran las fiestas de Pascua y Jerusalén estaba a rebosar de gentes venidas de todos los lugares del país. La situación de María es bien distinta. En el camino hacia Jerusalén suponemos que María le siguió. Ella no ha venido a la fiesta, sino a algo bien distinto: la sentencia y muerte de su Hijo. Ella espera el desarrollo de los aconteci­mientos y el desenlace fatal. No sabemos si está sentada a la mesa pascual entre los amigos de si hijo. Ella nunca vivió ajena a los grandes acontecimientos de su hijo, aunque estuviera en un segundo plano. Jesús sentado a la mesa tomaría en sus manos el pan que su misma madre habría amasado poco antes con cariño y dejado preparado con cuidado para la cena sobre la mesa cubierta por un mantel blanco. En el momento de instituir el pan y vino compartidos ella estaría en la retaguardia, permaneciendo atenta en todo momento para que no faltase nada. Ella sabe de atencio­nes y detalles. Al pie de la cruz culmina la Anunciación. Ahí también Dios le anuncia que va a ser madre, María acoge al nuevo hijo: el discípulo Juan. Los dos forman la nueva comunidad. Junto a la cruz estaba su madre y Jesús casi sin fuerzas la mira y la encomienda a Juan. En aquella hora límite y solemne de la redención Jesús confía su madre al discípulo, es decir, a cada uno de los hombres y mujeres repre­sentados por Juan. No en vano ella recorrió todas las estaciones de la difícil andadura mesiánica de su Hijo y es parte de su misterio. Aquella mujer de la Anunciación, llena de gracia que se somete a la obedien­cia de la fe y creyendo concibe a Cristo en el corazón antes que en su seno, es ahora reconocida como madre de todos los hombres. Vamos a situarnos en la última escena, lo que María ve y oye en silencio: las burlas de los fariseos, la saña de los soldados, el abandono de los amigos excepto Juan, el silencio de Dios. ¿Es el senti­miento de un final trágico? ¿El hundimiento de todas las esperanzas compartidas con su Hijo? La cruz es para María la experiencia de la situación límite de su existencia. Una madre herida por la espada anunciada, abatida por el dolor ante un hijo que es conducido al lugar del martirio. Una madre que soporta con valentía el trago amargo de la cobardía de los hombres y observa a su hijo roto y cosido por los clavos a un madero. Ella guarda silencio porque el dolor le impide expresarse. Junto a la cruz de Jesús estaba ella. Era normal que fuera así y que estuviera interiormente deshecha. Una espada te atravesará el corazón. Lo que no parecía tan normal es que ella estuviera de pie, junto a la cruz, serena y fuerte, cuando «todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea» estaban a distancia y miraban desde lejos. La actitud de María junto a la cruz era la de quien comparte, ofrece y espera. Iba comprendien­do ahora que Jesús debía estar en las cosas de su Padre y que para esa hora había venido precisamen­te al mundo. Al pie de la Cruz transparenta el color de la amistad fiel. Y los tonos femeninos serían la fortaleza silenciosa ante el sufrimiento. Su silencio es palabra de fidelidad inquebrantable a su compromiso de Madre. Su silencio es acogida sin condiciones de los nuevos hermanos de su Hijo. Esas son las obras grandes que "Dios ha hecho en Mi" y que son la fuente de mi alegría y mi esperanza. María como Madre, ve, contempla y sufre los mismos clavos que cruzaron las manos y pies de su Hijo. Siente el dolor profundo de la corona en su corazón de Madre. Y llegamos al final. En vez de un trono, una cruz; en vez de Hijo del Altísimo «Por qué me has abandonado»; en vez de salvador, ajusticiado. Y ella en vez de «el Señor está contigo», dramáticamente sola. Y ante la soledad hágase en mí según tu palabra. Y llegamos al final; en vez de un trono, una cruz; en vez de Hijo del Altísimo, "Por qué me has abandonado"; en vez de salvador, ajusticiado. Y ella, en vez del "Señor está contigo", dramáticamente sola. Y ante la soledad, hágase en mi según tu palabra"

Dios te salve, María… Oración: ¡María Madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a aceptar la voluntad de Dios en la dura realidad del Calvario. Te pedimos por los que sufren, dales consuelo y esperanza, a los oprimidos fuerza y valor, a los marginados ansias de supera­ción, a los que no tienen paz que encuentren el sosiego necesa­rio para vivir dignamente y a nosotros ayúdanos siempre a superar nuestro dolor! Amén.

26º Junto a la cruz de Jesús estaba su madre opt

Reflexiones mes de mayo día 25

Día 25º Tomad y comed… esto es mi cuerpo (Mt 26, 26) Leyendo el relato de la Última Cena y las palabras sencillas y transcendentes sobre el pan: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo” pensando en ellas viene a la mente la pregunta: ¿quién prepararía este pan? ¿quién amasaría y cocería el pan que Jesús tomó en sus manos? Los Evangelios no dicen nada, ni siquiera dan pie a pensar en determinada persona, pero parece evidente que quien tuvo que prepararlo fue María. María tuvo que preparar ese Jueves el pan que luego se consumió por la tarde y que Jesús convirtió en pan de vida. Al fin y al cabo no hizo otra cosa que lo que treinta y tres años había hecho. Entonces también preparó el Pan de Vida para que todos pudiéramos comerlo. Tomó de su misma harina y con un poco de levadura de Dios, lo amasó con cariño, lo coció en su interior y cuando ya estuvo dispuesto nos lo ofreció como pan caliente y tierno. Pan de Vida y Salvación. La encarnación fue posible porque María dijo Sí. La Redención fue posible porque María dijo: “Aquí está la esclava del Señor” Sn el pan pascual del Jueves Santo preparado por las manos de María, no se habría podido celebrar la primera Eucaristía. 

Dios te salve María… Oración: ¡María Madre de Dios y madre nuestra, enséñanos a aceptar la voluntad de Dios y ser fuertes en las dificultades. Ahora que tienes en los brazos al Dios Redentor muerto, los hombres y mujeres que vivimos desterrados en este valle de lágrimas te pedimos que enjugues nuestras lágrimas, a los que perdidos te buscamos y da fuerza a nuestros pies cansados, muéstranos el camino de nuestro destierro y danos la paz, consuelo de los que lloran. En la hora de la muerte como hiciste con Jesús, párate junto a nuestra soledad, vigila nuestras agonías, no te vayas de nuestro lado. Danos tu mano en la última línea que separa el destierro de la patria! Amén.

25º Tomad y comed opt

Reflexiones mes de mayo día 24

Día 24º María, hija predilecta de IsraelContemplar a María como la "hija predilecta de Israel", es contemplar la encarnación de 40 siglos de historia del Antiguo Testamento en su más bella pureza. Desde aquel lejano día en que Dios le propuso a Abrahán que dejara su tierra hasta el anuncio del Bautista. 4000 años de historia siempre en función de una esperanza: la llegada del Mesías. Esta contemplación sería incompleta si a la vez no la contempláramos como la "Madre del nuevo Israel", del nuevo pueblo de Dios. Ella se encuentra en el punto de intersección que recoge toda la tradición del Antiguo Testamento y hace posible la aurora del Nuevo Testamento. La "descendencia" prometida a Abrahán, la "liberación" iniciada por Moisés, el nuevo Reino vaticinado por los profetas, tiene su cumplimiento "en la humilde hija de Sión". Ella representa la fe del pueblo en un Dios que ha sellado con un pacto la Alianza de fidelidad. Un Dios, que, por muchas y grandes que sean las infidelidades de su pueblo, jamás le abandonará. María conserva esta fe en un ambiente contaminado por la ideología de unos fariseos. María representa la esperanza de un pueblo en un Mesías prometido. Mientras los diversos grupos religiosos de Israel forjaban la imagen de ese Mesías según sus intereses particulares, María espera el Mesías en la más absoluta disponibilidad. Ella cree en el amor de la Alianza, en el amor de la misericordia; ella lo espera todo del amor de la alianza, del amor de la misericordia. Así, en ella, fe, esperanza y amor se funden en una actitud religiosa fecunda, que la transforma de hija de Sión, en Madre de Cristo y de la Iglesia. Sin embargo, lo que diversifica los grupos dentro del mismo Israel es la preconcepción que hacen del modelo de Mesías que esperan; así unos lo identifican con un Mesías de tipo político, otros como un nuevo Moisés... Como un grupo más existe uno que identifican como el "Resto de Israel" o los "pobres de Yavé" que tiene su origen durante el destierro en Babilonia. Allí no contaban con ningún apoyo social, sus derechos no eran reconocidos, no tenían fuerza económica ni política. Y, con todo, desde esta pobreza mantenían viva su esperanza en Dios. Las principales características de su espiritualidad eran: María pertenece a este grupo de "pobres de Yavhé"; por ello es modelo de fe. En el Magnificat ella misma lo proclama; Dios ha "mirado la humillación de su esclava". Así su esperanza nace de su pobreza; no solo en sentido material. Sino en el sentido de que carece de todo apoyo humano y social y por ello deposita toda su confianza en Dios. Su esperanza nace de su apertura a Dios. Espera el Mesías, sin prejuicios. En la Anunciación muestra su sorpresa. No entiende. Su esperanza nace de su entrega a la Voluntad de Dios. Hágase en mi según tu palabra. Y toda su vida será una adhesión a la Voluntad de Dios en oscuridad de su fe. Por ello se mantiene de pie junto a la cruz de su Hijo, esperando el Mesías.

Dios te salve, María…

24º María hija predilecta de Israel opt

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